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martes, 2 de marzo de 2010

La verdad se esconde bajo tierra

 Artículo publicado en el Diario El Comercio

ESPECIAL :La verdad se esconde bajo tierra
MITOS Y CERTEZAS. INVESTIGADORES Y AFICIONADOS BUSCAN EN EL SUBSUELO DE LIMA SUPUESTOS TESOROS QUE MOTIVARON LEYENDAS URBANAS. ALGUNAS, COMO LA DE LAS TUMBAS DE LOS INCAS, TIENEN ASIDERO HISTÓRICO 

Por: Nelly Luna Amancio / Domingo 17 de Enero del 2010
En lo más alto de lo que alguna vez fue la capilla del antiguo hospital de españoles, y luego un colegio público, persiste —empolvada por el olvido— la imagen solitaria de San Andrés, el santo que le daba el nombre al nosocomio durante el virreinato. De este antiguo inmueble —cuadra ocho del jirón Huallaga, en Barrios Altos— no queda nada más que la arruinada capilla, un jardín con dos viejas palmeras y un perturbador patio rodeado de un viento extraño. Es aquí donde el historiador Teodoro Hampe asegura que se escondieron las momias de los incas Pachacútec, Túpac Yupanqui y Huayna Cápac.
“Si la historia es verdadera, como todo parece indicar, las momias de estos incas fueron traídas a Lima porque los españoles no querían que continuaran siendo idolatradas en el Cusco, temían que su presencia los convocara masivamente, no querían que nada hiciera recordar el Tahuantinsuyo”, explica el historiador, quien ha recorrido palmo a palmo los 5.000 metros cuadrados que le quedan a este local, de los 10 mil que tenía cuando era hospital.
LA CERTEZA DE UNA LEYENDA
Hampe es un convencido. A diferencia del resto de leyendas urbanas sobre tesoros enterrados en Lima que son alimentadas con sucesos absurdos, el investigador dice que el relato de la tumba de los incas tiene un respaldo histórico. Lo dice mientras camina por los techos de quincha de lo que queda del hospital colonial, auscultando las áreas del terreno que aún le faltan investigar. Ya hace unos años, junto a un investigador estadounidense, Hampe excavó muy cerca del patio de ingreso, aunque esa vez la fortuna no lo acompañó.
La historia de la tumba de los incas en Barrios Altos se remonta a 1558, cuando Sayri Túpac, tras ser bautizado y recibir bienes materiales, firmó un acuerdo en Lima con el virrey Andrés Hurtado de Mendoza y renunció sin remilgos a su condición de sucesor del incanato. Satisfecho con la oferta española, abandonó la resistencia y se casó con su hermana.
Por entonces el corregidor del Cusco Polo de Ondegardo halló la tumba de los incas en los alrededores de la ciudad. El virrey ordenó el traslado a Lima de los cuerpos embalsamados. Pero antes, un veinteañero Inca Garcilaso de la Vega logró verlos. En sus “Comentarios reales de los incas”, el cronista contaría la emoción que sintió al tocar la mano de uno de sus ancestros: “Cuando yo lo vi en el Cusco al principio de 1560… fui a la posada del licenciado Polo de Ondegardo. Hallé cinco cuerpos de los reyes incas: tres de varón y dos de mujer”.
Esta es la primera certeza de Hampe: los cuerpos de la realeza inca sí se encontraron. Es aquí, sin embargo, donde la historia comienza a hacerse confusa. “Se sabe que los hallaron y que los trajeron a Lima, pero no está claro el destino final”, reconoce.
Según Hampe, no había otra opción que depositarlos en el hospital de San Andrés, que era de españoles, porque en el de indios, el Santa Ana, había el riesgo de que se fomentara la idolatría. Por eso, los pusieron en un lugar desconocido de San Andrés.
El historiador se respalda en las crónicas del jesuita español José de Acosta, quien cuenta que vio en Lima a la momia de Pachacútec. “Estaba el cuerpo tan entero que parecía vivo. Los ojos tenía hechos de una telilla de oro, tan bien puestos, que no le hacían falta los naturales… Estaba cano y no le faltaba cabello, como si hubiera muerto ese mismo día”.
La incógnita hasta ahora sigue siendo el lugar exacto del entierro. “Lo que nos toca ahora es buscar en la parte del cementerio antiguo, pero para ello se necesitan recursos”, clama el historiador, consciente de la trascendencia histórica que tendría el hallazgo de estos antiguos gobernantes del imperio inca. “Aunque de encontrarse, ya no estarían con las piezas de oro porque probablemente los españoles se las habrían retirado”, sostiene.
Hampe también reconoce una trágica posibilidad. Que durante las constantes modificaciones que ha sufrido el viejo inmueble a lo largo de 400 años las tumbas hayan sido saqueadas o sepultadas bajo el cemento.
TAPADITOS Y ENTERRADOS
Las leyendas urbanas hablan de tesoros, aunque en muchos casos se trate solo de joyas y vajillas enterradas ante el acecho de las circunstancias: judíos perseguidos por el Santo Oficio y familias hostigadas por la invasión chilena en el siglo XIX. Así, en Barrios Altos o el Cercado, o en las tierras de Chorrillos, decenas de aficionados, con el apoyo de un detector de metales, van a la caza de fortunas escondidas.
El hallazgo de algún tapado abre las puertas a la búsqueda de cientos más. El historiador Carlos Alfonso Villanueva contó uno de esos descubrimientos en un artículo de 1639, “El Santo Oficio y los judaizantes en Lima”. En el texto narra la fortuna de un buscador que encontró un tapadito —dos barras de plata— enterrado detrás del hospital de San Andrés. El metal había sido escondido por una familia de judíos.
Estas historias son frecuentes en Chorrillos, donde los cazadores de tesoros (o huaqueros de la época republicana, como los llama Hampe) hallan con frecuencia vajillas y joyas enterradas para evitar el pillaje chileno en su momento. Y la búsqueda de tesoros prosigue.
CATALINA Y SU TESORO
Una de estas continuó hasta hace poco en El Agustino. Aunque para los historiadores su origen tenga más de mito que de certeza, Gino Gavancho ha decidido enfrentarse con la historia oficial: “El tesoro de Catalina Huanca existe, lo hemos visto”, dice este vecino fundador del distrito que guarda en su memoria colectiva la búsqueda enfermiza del tesoro de la ahijada de Francisco Pizarro. No es coincidencia que uno de los asentamientos humanos de El Agustino se llame Catalina Huanca.
Cuenta la leyenda que doña Catalina fue la heredera de los huancas en el Valle del Mantaro y que durante la colonia venía periódicamente a Lima a hacer derroche de lujo y generosidad. Con su muerte se inició el mito. Y la afanosa búsqueda. ¿De dónde provenía tanta riqueza?
“¿Conocía algún tapado escondido por los emisarios de Atahualpa, cuando llevaban a Cajamarca los tributos recolectados para completar el rescate y fueron informados de la muerte de su señor?”, se preguntó el limeñísimo Juan Ugarte Eléspuru. “El tesoro existe. Yo he visto, de niño, cómo un tal señor Ramos encontró, mientras sacaba tierra para hacer adobe, algunas vajillas de oro, y cuando quiso acercarse, murió inmediatamente. Su mujer quedó muy grave. Fue por el antimonio que botan las cosas antiguas. Eso habrá sido por los años cincuenta”, cuenta Gavancho.
El vecino —declarado notable el 2007— también es un convencido. “Hemos visto cómo un comerciante italiano se volvió loco buscando tal tesoro”, insiste don Gavancho, mientras detalla el lugar exacto en el que se encontraría el tesoro y sobre el que ahora se erige una casa de tres pisos.
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